Tal vez con el tiempo y la costumbre deje de mirar el fuego con fascinación. Los antiguos griegos adoraban a Prometeo, principalmente por haber desafiado a Zeus trayendo el fuego a los hombres. Para mí, que leí la historia en algún invierno siendo niño, era una especie de super héroe, que por añadidura, pagó su osadía con la tragedia de la roca y el águila.
Uff, los griegos… empezás a hilar y no terminás mas, Heráclito, el que se bañaba siempre en ríos distintos, postulaba el fuego como principio, metáfora del cambio contínuo, de la síntesis de los opuestos.
Para el bueno de Aristóteles era uno de los cuatro elementos primordiales y Occidente le creyó por mucho mas de mil años. Así estaban las cosas en el principio de todo.
Toda industria humana pasa, mas temprano que tarde por el fuego, de leña, carbón, gas o petróleo.
Ahora, resulta que el planeta está enfermo de fuego, perdón, de las emanaciones que acompañan inevitablemente al fuego.
Y aún cuando no supiera nada de lo anterior, creo que igual me quedaría mirando el fuego, la flama en danza constante la luz de lo que fueron trozos de madera. Y el calor, y la congregación que produce.
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